jueves, 18 de junio de 2009

Treinta y tres lúbricas simplezas, cuya lectura seguida nadie aguanta

Por mor del próximo proyecto, ando releyendo, bien que a uña de caballo, la poesía de Juan Meléndez Valdés (tomo I y tomo II).

Como desde hace casi veinte años ya, La paloma de Filis, amplificación del motivo catuliano Ad passerem Lesbiae, sigue siendo mi ciclo preferido.

En él, como escribe Emilio Palacios Fernández (Estudio preliminar de las poesías de Juan Meléndez Valdés),

la paloma se convierte en personaje central en la expresión de los sentimientos amorosos: unas veces es presentada como modelo de actuar para la amada, otras se transforma en celestina ingenua («tercera»), gratificada incluso por el beso del poeta y siempre alabada por éste, ya que es la «amable confidenta» de su Filis.

Al curioso lector: el título de la entrada es una parte de lo que Menéndez Pelayo piensa sobre este conjunto poético. La cita completa:

Hasta treinta y tres odas, entre impresas e inéditas, dedicó Meléndez a la paloma de Filis y a sus caricias y recreos, sin que, a pesar de la mórbida elegancia del estilo del poeta, resultasen otra cosa que treinta y tres lúbricas simplezas, cuya lectura seguida nadie aguanta. ¡Todo para decir mal y prolijamente lo que un gran poeta de la antigüedad dijo en poco más de dos versos:

............plaudentibus alis
insequitur, tangi patiens, cavoque foveri
laeta sinu, et blandas iterans gemebunda querelas!

(Marcelino Menéndez Pelayo. Historia de los heterodoxos españoles)

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